Columna

Un 10 de enero de liturgia y exorcismo

El presidente Peña ha insistido en la liturgia priista. Y como un acto de liturgia hay que entender lo que sucedió el miércoles 10, en el evento que sirvió de despedida a Miguel Ángel Osorio. No recuerdo que nunca antes un secretario de estado haya anunciado su salida en un acto preparado, casi exclusivamente con ese fin, acompañado por gobernadores y funcionarios, y un numeroso grupo de invitados especiales. Tampoco una despedida tan personal y emotiva como la que le dio el presidente Peña a su ahora exsecretario de Gobernación.

Pero siendo liturgia, lo que vimos el miércoles pasado fue, también, un exorcismo. Hace exactamente 24 años, otro 10 de enero, pero de 1994, con el país aún cimbrado por el levantamiento armado en Chiapas, el presidente Carlos Salinasrealizó unos movimientos políticos que terminaron teniendo profunda repercusión política. Salinas removió al secretario de Gobernación, el chiapaneco Patrocinio González Garrido, y designó en su lugar al exrector de la UNAM, Jorge Carpizo. Y más importante aún, designó como comisionado para la paz en Chiapas, sin salario (y esa era la frase clave) a Manuel Camacho, quien apenas un mes atrás había sido nombrado canciller, luego de que perdiera la carrera sucesoria con Luis Donaldo Colosio, una decisión que nunca (ni en aquel momento ni en el resto de su vida) Manuel pudo asimilar.

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