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Oda a la boda

No es un secreto: Gil asistió en Puebla a la boda de César Yáñez, coordinador general de política y de gobierno en el gabinete del Presidente electo, y Dulce María Silva. Los 500 o mil invitados, da igual, hicieron su modesta contribución a la austeridad republicana: le pegaron duro a la langosta y a la champaña. Se bailó la música sin igual de Los Ángeles Azules (¡de Iztapalapa para el mundooo!), las 9 mil flores que llevaron para la conmovedora fiesta se negaban a marchitar en su plenitud y los invitados, unos de traje negro, otros de esmoquin, unas de largo, otras de elegante vestido de coctel, festejaban la cuarta transformación. César Yáñez, hombre cercanísimo al Presidente electo, vestía un frac impresionante y ella un vestido blanco despampanante firmado por reputadas modistas.

Le preguntarán a Gilga: ¿está prohibido que las personas se casen por la iglesia y gasten su dinero privado en una gran fiesta si les da su regalada gana? Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: si te llamas César Yáñez y llevas más de 12 años diciendo que por el bien de todos primero los pobres, la boda en Puebla parece al menos la confirmación de una mentira, o la convicción de que primero los pobres, pero antes la langosta y la champaña, cosa con la cual Gamés coincide de principio a fin. Palabras clave de este acontecimiento: demagogia, insensibilidad, imprudencia. Gilga no exagera cuando exagera. Se trata de la primera fiesta de Morena con la presencia así fuera breve del Presidente electo. Es que de veras. Esta ha sido la oda a la boda. Gil observaba desde una esquina, llevaba lentes oscuros y nadie supo reconocerlo. No sobra decir que Gilga se reventó la gran rola cósmica “Mis sentimientos”, la cantó y la bailó. ¿Sabían ustedes que Gil es un gran bailarín? Por cierto, en los tupper se puede llevar langosta. No es mala idea; y en el pepsilindro, champaña. Oh, sí.