Columna

Los disparates de la estrategia

Por Raymundo Riva Palacio

La Estrategia Nacional de Seguridad Pública es un ejemplo refinado que en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, la gimnasia y la magnesia son lo mismo. Por escrito y con seriedad, el gobierno hizo análogos a los cárteles de las drogas y las guerrillas, que dio como resultado una solución de susto en términos conceptuales, al fenómeno de la violencia y la inseguridad. La estrategia, que se trabajó por casi tres años, cuando el entonces aspirante a la candidatura presidencial le dio la encomienda al secretario de Seguridad Pública Ciudadana, Alfonso Durazo, introdujo una serie de objetivos que se antojan irrealizables y tan descabellados como exigir en una rosticería una carne tártara.

La estrategia, cuyo decreto fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el miércoles pasado, planteó que para “emprender la construcción de la paz”, es necesario un proceso de desmovilización, desarme y reinserción. “La violencia obliga a poner sobre la mesa soluciones aplicadas en otros países a conflictos armados”, señala el decreto. Entonces, ¿la lucha contra el narcotráfico es en realidad una guerra civil? Debe aclararse sobre qué base equiparan la lucha contra el narcotráfico con conflictos armados. De acuerdo con los Convenios de Ginebra de 1949, un conflicto armado no internacional es uno que surja entre fuerzas gubernamentales y actores armados no estatales.“No existen unos criterios absolutamente claros, aunque en general se requiere un grado de intensidad en la violencia interna”, explica la Oficina para Refugiados de la ONU.

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