Columna

La travesía del doctor Narro

Uno de los personajes más respetados de nuestra vida pública, José Narro Robles, se ha embarcado en una misión que muchos consideran suicida: presidir el PRI y rescatarlo de su estrepitosa decadencia.

Sin embargo en momentos complicados en la vida de las instituciones y de los países, suelen emerger hombres o mujeres audaces que tienen la virtud de transformar la realidad.

Hoy México necesita, como pocas veces en su historia reciente, de liderazgos con capacidad intelectual y solvencia ética para ser equilibrios del poder que tiende a concentrarse en un solo puño.

En el PRI, el PAN, los nuevos partidos que vienen y en las organizaciones empresariales y sindicales, se requieren personas con esas características: liderazgo, inteligencia y ética.

Narro, para satisfacción de su partido y del país, tiene esas tres virtudes.

Ojalá que en el PAN surgiera una figura que sea capaz de decirle no al gobierno, cuando haya que decir no, y su voz sea escuchada y respetada por la sociedad. El gobernador de Guanajuato es uno de ellos, pero no ha trascendido del ámbito local.

Al gobierno no le gusta Narro para presidir el PRI porque les preocupa que un personaje con su estatura moral e intelectual se les plante enfrente.

Creen tener una superioridad moral por encima de todos los que piensan diferente, y están equivocados.

Les ayuda, sin lugar a dudas, que actualmente en la oposición hay un nutrido conglomerado de liliputienses.

Y así los actuales gobernantes son, o creen ser, Gulliver en el país de los enanos. Y se aprestan a reinar por los siglos de los siglos.

Tan no quieren a Narro al frente del PRI que ya le han comenzado a soltar insidias sobre la compra de medicamentos, para minar su reputación.

Pero se enredan cuando el doctor les dice (con Adela Micha, en El Financiero) que está a la espera de oír cuál es la presunta falta que cometió al frente de la Secretaría de Salud.

Con doce años como rector de la UNAM y una vida personal y profesional intachable, Narro les inquieta y les incomoda. Pierden el “monopolio” de la autoridad moral y se encontrarán con alguien al que deberán, contra su costumbre, hablar de usted.

El problema de Narro se llama Partido Revolucionario Institucional.

Se trata de un partido desprestigiado por los excesos notables de varios de sus exgobernadores y por la frivolidad con que se ejerció el poder en el sexenio anterior.

La sociedad le dio una segunda oportunidad al PRI en 2012 y la desperdició por arrogante, distante de los problemas del ciudadano común y lejano de los gobernados.

Muchos de sus rostros más visibles en los estados y en la federación se excedieron y se mancharon hasta los codos de corrupción, y se expandió la percepción errónea de que todos estaban en negocios en lugar de atender sus despachos.

Uno se compró un banco. Otro se compró una isla y se alió al narcotráfico en Tamaulipas.

Varios de ellos creyeron que habían llegado al poder para quedarse otros 70 años, sin darse cuenta que el país había cambiado.

Ahí están las causas de la debacle de un partido.

Ganó la Presidencia en 2012 con 16 millones 414 mil 446 votos. Tres años después bajó a 11 millones 407 mil votos, y en la elección federal del año pasado sólo obtuvo siete millones 677 mil sufragios.

Ahora está dividido, enfrentados sus legisladores y liderazgos estatales. La habilidad de Claudia Ruiz Massieu ha logrado que en el PRI no se noten tanto los pleitos como en el PAN. Pero están igual.

Llegue quien llegue a la presidencia del PRI tendrá que evaluar, junto con la militancia, si le cambian el nombre a su partido.

El PRI está herido por lo que dejaron de hacer los propios priistas: castigar los excesos, acercarse a la gente, disfrutar de la cercanía con la sociedad, quitarle pueblo al crimen organizado.

O como lo dijo Narro con Adela: “El partido está enfermo. Requiere de un tratamiento, pero tiene cura”.

Narro, por cierto, es médico.