Columna

El resto de la vida con los muertos

Por Héctor de Mauleón

Don Porrio abrió al público el Bosque de Chapultepec, tal y como hoy lo conocemos, en 1907. Una junta de mejoramiento, a cuyo frente estuvieron Miguel Ángel de Quevedo y el ministro Limantour, había diseñado las callecillas, los lagos, las glorietas, los quioscos.

Desde 1879, la sociedad capitalina paseaba ritualmente por el bosque. Los novios grababan en los árboles “el nombre de su adorada”; entre “el perfume de las hojas y el suspiro de las brisas”, se revelaban “mil secretos” y se forjaban, según un artículo de La Patria, “deliciosos ensueños”.

Seguir leyendo…