Columna

Amos Oz

Gil regresó al trabajo en condiciones magníficas, fuerte como un roble, optimista, bien vestido y, sobre todo, acertado en sus opiniones. Solo una nube negra disminuyó su fuerza indomable: la muerte del gran escritor Amos Oz (1939-2018). De la magnífica novela autobiográfica del escritor israelí, Una historia de amor y oscuridad, provienen estos pasajes que retratan su precoz amor por la literatura y de las decisiones que debe tomar un escritor a la hora de escribir. Hace tiempo, Gil ya había puesto estos párrafos en Uno hasta el fondo, pero sonarán otra vez a página nueva.

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Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero a un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavík, Valladolid o Vancouver.

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